Universidad Nacional

Autónoma de México

 

Universidad de Salamanca, España
21 de mayo de 2018


PALABRAS DEL RECTOR DE LA UNAM EN LA IV ENCUENTRO DE RECTORES DE UNIVERSIA


Señoras y señores:

Me da mucho gusto estar aquí con ustedes, en el cuarto Encuentro de Rectores de Universia a plantearnos cuáles son los objetivos y las metas de la universidad en el siglo veintiuno.
En los encuentros anteriores —Sevilla, Guadalajara y Río de Janeiro— discutimos y reflexionamos sobre el papel que las universidades deben desempeñar en el mundo contemporáneo.
Y hoy nos damos cita para plantearnos cómo habremos de innovarnos y globalizarnos
Nos reunimos en la Universidad de Salamanca para celebrar ochocientos años de historia.
Una Historia, por cierto, de constante innovación y una muestra ejemplar de internacionalización, pues fue esta universidad, la cuna de la educación superior en Iberoamérica.
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Más allá de las exigencias del currículo o de la oferta académica, las Universidades se transforman por efecto de los tiempos y de las sociedades que las conforman.
De esa manera la universidad medieval reservada a unos cuantos y en donde se enseñaba, como confesaba Abelardo, por amor a la ciencia y como recompensa la fama, las Universidades se van transformando a lo largo de los siglos en poderosos instrumentos para consolidar nuevos reinos y estados.
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Así sucedió en el viejo continente pero también sucedió algo similar en los recién colonizados territorios americanos.
En la entonces Nueva España, nace, en 1551, a imagen y semejanza de la Universidad de Salamanca, la Real y Pontificia Universidad de México, hoy Universidad Nacional Autónoma de México.
De ahí que, para la UNAM, este octavo centenario de la comunidad salamantina, los sentimos como muy nuestro.
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Fue un proceso de transformación gradual y lento, pero en la medida que las sociedades fueron avanzando, las universidades continuaron su permanente innovación y ya en el siglo XIX, se convierten en la fuente principal de generación de conocimientos y de desarrollo social y económico.
La Universidad pública y dependiente del estado, en la más pura tradición humboldtiana, se constituye en una necesidad imprescindible para preservar y producir saberes, bienestar social y desarrollo económico e industrial.
De esa manera, las universidades públicas entran a jugar un papel fundamental en el andamiaje político, económico, y social de las distintas naciones.
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Desde finales del siglo XIX, en América, con nuestra independencia política, las universidades latinoamericanas evolucionan imbuidas de ese espíritu público, identificadas con los intereses gubernamentales y financiadas por el mecenazgo estatal.
Así, los estados descansan en sus universidades y las universidades se fortalecen de los recursos nacionales.
Esta íntima relación no fue muy duradera: pronto los intereses políticos de los gobiernos pretendieron imponer rumbos e ideologías en la vida Universitaria.  
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Ante esta imposición, hace exactamente 100 años, y el próximo mes lo celebraremos en Córdoba, Argentina, se iniciaron los movimientos autonómicos latinoamericanos en demanda de autogestión y autodeterminación, extendiéndose durante las primeras décadas del pasado siglo XX en muchos países de nuestra región.
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En algunas naciones de América y del mundo, el autoritarismo, las tiranías militares y distintas turbulencias políticas, confrontaron la vida Universitaria autonómica con la autoridad estatal, comprometiendo, en distintos momentos y circunstancias, el financiamiento público hacia ellas.
Con la evolución democrática y la firme postura universitaria, la Universidad pública, en las últimas décadas, ha encontrado distintas formas de libertad y financiamiento, consiguiendo así consolidar su prestigio y libertad académica.
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Ante la explosión demográfica, el crecimiento de las clases medias y el consecuente crecimiento de la demanda de educación superior, el financiamiento de la educación superior se transforma y diversifica.
Aparecen distintos modelos de cuotas, crece la educación privada, surgen las agencias financiadoras de investigación y en muchos casos, se mantiene un fuerte componente de las finanzas públicas nacionales.
Valgan estos minutos de exposición solo para decir, que las Universidades, a lo largo de su centenaria existencia, se han reinventado periódicamente adaptándose a las distintas necesidades sociales sin perder su esencia y responsabilidad transformadora.
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Pero el mundo se nos ha hecho distinto y urge que nos innovemos:  ante nuestros ojos nos hemos interconectado y globalizado, nos dijeron que era la sociedad del conocimiento y como somos instituciones sabias, nos sentimos parte importante de esta nueva sociedad, sin apenas notar que la realidad nos estaba rebasando.
El reto es hoy inmenso, necesitamos por supuesto innovarnos e internacionalizarnos y este es el motivo de esta sesión: el aceptar que debemos movernos muy rápidamente y encontrar las mejores rutas para lograrlo.
Habrá que responder a una época que se caracteriza por una atmósfera de cambios, volatilidad e incertidumbre;
Una época de un mundo profundamente desigual, que se nos ha hecho intolerante y a veces xenofóbico; con una precarización del mercado laboral y un daño al medio ambiente que urge restaurar y evitar que progrese.
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A ello hay que sumar lo que han dado en llamar la “cuarta revolución industrial” que se nos avecina caracterizada por las revolucionarias tecnologías digitales e informáticas de la ciencia de los grandes datos, de la inteligencia artificial, la robótica, la nanotecnología, las nuevas energías, y los nuevos modelos económicos y laborales.
Y ante ello debemos evolucionar.
Por supuesto que no partimos de cero, todos, en mayor o menor medida, hemos reformado métodos y modelos de enseñanza: creando laboratorios digitales, sistemas de educación a distancia; cursos masivos de ingreso abierto clases a distancia y el uso de las tecnologías de la información en la enseñanza e investigación.
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Pero hay que decirlo también sin cortapisas: nuestros mundos académicos son pletóricos de conservadurismo y el cambio súbito que demandan los tiempos no ha sucedido a la velocidad que debiera.
Y lo anterior es más notable entre más antigua, más democrática, más grande y más horizontal sea una Universidad y su forma de gobierno.
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Todos debemos empeñarnos en innovar tecnológicamente en materia educativa, cambiando los esquemas educativos tradicionales por sistemas mixtos de educación con innovadores instrumentos de las tecnologías de la información y el aprendizaje
Indudablemente también habrá que evolucionar en curriculas más flexibles e interdisciplinares, orientados por competencias y  acordes a las necesidades de que los jóvenes requieren para enfrentar y emprender en el mundo laboral que les espera.
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Un mundo que necesariamente será global, y de ahí la importancia de la internacionalización de la educación superior, necesitamos potencializar los intercambios, impulsar las redes de investigación, el reconocimiento mutuo de títulos y grados y la creación de dobles titulaciones.
Debemos innovarnos y reinventarnos.
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Nuestro problema, que de alguna forma hemos de resolver, es que enseñamos hoy, lo que aprendimos en el ayer, para quienes han de vivir en el futuro.
Y no es una incertidumbre menor pues ni siquiera podemos imaginar, lo que estas revoluciones de la información y de la robótica implican para generar las competencias necesarias que ellos requerirán.
Porque no podemos limitarnos a la adquisición de aptitudes para desempeñar un trabajo determinado, sino que habrá que enseñar también las competencias necesarias para enfrontar situaciones cambiantes, con una pluralidad de herramientas y en una infinidad de contextos.
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Porque lo que no podemos hacer es limitarnos a capacitar a los jóvenes para ingresar una función meramente utilitaria en el mercado laboral, debemos formarlos para trascender en la sociedad, con una mirada crítica hacia la inequidad, la intolerancia, y con la aspiración permanente a un mundo sostenible y humano.
Esto implica que, al tiempo que se exploran nuevas fronteras de la ciencia y la tecnología, no debemos dejar de lado las numerosas cosmovisiones, los sistemas de conocimiento diversos y la pluralidad metodológica correspondiente a una variedad de disciplinas.
No podemos permitir que el estudio de las humanidades quede reducido al estudio de técnicas de “marketing” y publicidad; o ver a las artes como productos de consumo de la industria del entretenimiento.  

Como tampoco podemos permitir que nuestra investigación básica tenga como único fin la transferencia de conocimientos hacia los sectores productivos o a intereses de los estados, desconectando a la generación de conocimientos como fin genuino de la investigación original.
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La educación de hoy demanda hacer uso pleno y creativo de la tecnología, modernizar y flexibilizar nuestros curricula, darles a los estudiantes las herramientas para desarrollarse y adaptarse a entornos inciertos y cambiantes; hacerlos innovadores y emprendedores, y forjar ciudadanos íntegros reflexivos, críticos y comprometidos con el mundo en el que se desarrollarán.
Solo entonces habremos realmente cumplido con la misión de innovar lo que los tiempos y nuestra sociedad nos imponen.
Y así sobreviviremos ocho siglos más.


Cfr. John Kao, “Educación en la era de la innovación”: “Vivimos en una época de creciente Volatilidad, Incertidumbre, Complejidad y Ambigüedad (“VICA”) … Mientras que frente a las épocas de estabilidad es necesario hacer ajustes menores, las épocas “VICA” requieren innovación radical.”

El programa pedagógico de EdgeMakers, por ejemplo, es un fuerte vocero de la necesidad de incorporar la innovación de modos más radicales a los modelos educativos.

 

 

 

 


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